domingo 18 de noviembre de 2007

Locke le da prioridad al pensamiento sobre el lenguaje: la significatividad de las palabras se deriva así de la de las ideas. Esta prioridad es no sólo analítica, explicándose el significado de las palabras a partir del de las ideas, sino también ontológica ya que el pensamiento puede existir sin lenguaje, pero no al revés. Se puede caracterizar esta concepción mentalista del lenguaje con:

a) la prioridad ontológica del pensamiento y

b) el internismo del contenido.


La semántica del papel conceptual de Harman también le da prioridad al contenido del pensamiento sobre el significado del lenguaje público:
«La semántica del rol conceptual asevera que una explicación del contenido de los pensamientos es más básica que una explicación del significado comunicado y de la significación de los actos de habla».


Gilbert Harman defiende que el uso de los símbolos que determina su contenido es el del pensamiento y el del cálculo y no su uso en la comunicación.
«La semántica del rol conceptual puede verse como una versión de la teoría de que el significado es el uso, donde el uso básico de los símbolos se considera que está en el cálculo, no en la comunicación, y donde los conceptos se consideran como símbolos en un "lenguaje del pensamiento". Si el pensamiento es semejante a hablar con uno mismo, es la suerte de habla incluida en resolver algún cálculo, no la suerte de habla incluida en la comunicación. Pensar no es comunicarse con uno mismo».


Harman mantiene que el significado de una proferencia depende del carácter representacional de la oración interna correspondiente. El lenguaje del pensamiento es así nuestra lengua nativa: Harman suscribe así la teoría representacional de la mente. No se da el problema de explicar el significado de los objetos mentales porque no tienen significado sino que son contenidos:
«Los conceptos y otros aspectos de la representación mental tienen contenido pero no (normalmente) significado (a menos que sean también expresiones en un lenguaje usado en la comunicación). No diríamos normalmente que el concepto de rojez que alguien tiene significaba algo de la manera en que la palabra "rojo" en castellano hacía lo propio».

Fodor defiende la existencia de un lenguaje del pensamiento con tres líneas argumentativas.

a) Necesidad de representación mental para la computación. Así, las decisiones sólo se explican bien con computación y ésta presupone representación donde efectuar el cálculo. El sistema representacional comparte características con un lenguaje: la capacidad de generar infinitos enunciados o productividad y el que ambos presuponen propiedades semánticas como verdad y referencia. La tarea de una teoría de la mente es la de describir el lenguaje del pensamiento.

b) Necesidad de representación mental para el aprendizaje. El aprendizaje es una extrapolación inductiva que precisa de una representación para valorar hipótesis alternativas: sin representación en la cual computar opciones no se puede explicar el aprendizaje. El lenguaje natural no puede servir de base representacional para la computación porque su aprendizaje es ya un caso particular de aprendizaje que precisa de computación.

c) Necesidad de representación mental para la percepción. Ésta se entiende como aprendizaje de la resolución del problema de prever sensaciones futuras a partir de pasadas y presentes: representación, hipótesis, confirmación, todo dentro de un enfoque empírico.

Un cordial saludo,
Luis Ledo.


La concepción internista del significado

Asociada a las teorías del sentido, la concepción internista del lenguaje se basa en que el significado sólo depende de factores internos al sujeto. De esta forma, somos nosotros los que decidimos el significado de las palabras mediante, por ejemplo, una descripción que fija la referencia. En este modelo internista, prevalece el sentido sobre la referencia: primero se define el sentido y, luego, se mira si existe o no la referencia. Para Putnam esta teoría semántica tradicional se basa en dos supuestos incompatibles:

«(I) Que conocer el significado de un término no es sino cosa de estar en un cierto estado psicológico [...]
(II) Que el significado de un término (en el sentido de "intensión") determina su extensión [...]».

Dada la incompatibilidad, para Putnam, de (I) y (II), debe renunciarse, al menos, a uno de los dos; Putnam opta por renunciar a (I), al internismo, manteniendo (II).

Putnam también destaca el solipsismo metodológico asociado a los estados psicológicos para la tradición internista, consistente en que ningún estado psicológico presupone ni la existencia de otro individuo que no sea aquel al que se le atribuye el estado, ni siquiera la existencia de su propio cuerpo. Hay que tener en cuenta que este solipsismo es un límite aceptable para el internismo, pero no una necesidad sin la cual no tendría sentido: la existencia de la realidad externa y de otras mentes resulta compatible con el internismo, pero éste sigue siendo una posibilidad lógica aún cuando hubiese que renunciar a ambos.

García-Carpintero presenta otra caracterización del internismo:

«(i) Los objetos intencionales inmediatos de los estados mentales no son objetos reales ni sus propiedades, sino entidades mentales (ideas) (ii) que representan en virtud de relaciones causales a los objetos de la realidad y sus propiedades».

Presenta además cuatro argumentos a favor del representacionalismo:

a) el genio maligno (o el cerebro en una vasija de Putnam),
b) las ilusiones perceptivas,
c) la distancia de las estrellas que hace que las veamos aún después de desaparecer,
d) la distinta percepción de los distintos animales incluido el ser humano.

Y da otra caracterización del internismo que relega a un papel secundario los objetos reales ante el contenido mental asociado al significado lingüístico:

«El núcleo del internismo semántico lo podemos definir así [...]: las expresiones que componen un lenguaje significan esencialmente entidades subjetivas [...] aunque, accidentalmente, puedan significar entidades objetivas».

Considero la línea de este internismo como positivo, a pesar de que resulta aún demasiado débil en la medida en que sigue refiriéndose a entidades objetivas, reales o externas.

Un cordial saludo,
Luis Ledo

El contraataque realista

1.- Aunque no presupongamos cómo funciona la relación de representación entre el signo lingüístico y aquello que representa, podemos partir de que la función del signo consiste en estar por su referencia. Los partidarios de las teorías del sentido le añaden a esta relación binaria el sentido como mediador entre ambas, resolviendo así el problema de cómo se relaciona el signo y su referencia al defender que es gracias al sentido que los une: la conexión lingüística normal lleva del signo al sentido y de éste a la referencia.
Esto parece relativamente aceptable para los nombres de género y las descripciones definidas, pero resulta controvertido para los nombres propios, que no podemos asociar tan fácilmente a un sentido concreto. Para Frege los nombres propios son expresiones que se refieren a un objeto o entidad particular, incluyendo tanto a descripciones como a nombres propios ordinarios; en el caso de los nombres propios ordinarios, a cada nombre se le asocia un sentido determinado, el modo de darse del objeto. Éste no tiene por qué ser el mismo para todas las personas sino que, al contrario, cada hablante puede asociar un sentido particular al nombre propio. Frege1 destaca que esta oscilación del sentido ya la recogía Aristóteles. Además de los nombres propios normales, Frege considera también que, por ejemplo, «la raíz cuadrada negativa de 4» debe considerarse como un nombre propio compuesto.
Una característica de esta relación ternaria consiste en que una misma referencia puede tener varios signos, cada uno de ellos con distinto sentido. También puede darse el caso de que tengamos sentido sin referencia, cuando ningún objeto real cumple las exigencias del sentido; así, en el caso de nombres de objetos imaginarios, el sentido no lleva a ninguna referencia. Hay que subrayar que la referencia para Frege es un objeto real, independiente de la mente de hablantes y oyentes, y que no forma parte del significado del signo.

2.- Frente a la tradición empirista de Locke, inspiradora de las teorías del sentido, J. S. Mill defiende una teoría referencial del significado: los nombres lo son de cosas y no de ideas. A partir de la década de 1970, la ortodoxia de las teorías del sentido cede su lugar a las teorías de la referencia directa con autores como Keith Donnellan, David Kaplan, Saul Kripke, Ruth Barcan Marcus e Hilary Putnam. Estas teorías niegan que la referencia esté mediada por un sentido.
Asimismo Putnam destaca que cualquier propiedad de una descripción puede faltar en la referencia sin que por ello la expresión deje de tener referencia. El significado en el caso de los nombres de género natural, por ejemplo, de limón o tigre no puede reducirse a un estereotipo. Kripke critica también esta teoría de las descripciones, que entiende estas últimas como el sentido de los nombres, ya que no existe una sola propiedad que sea poseída por su portador también de manera contrafáctica y que sirva para individualizarlo. Si el nombre «Aristóteles» tiene como sentido el haber sido el mayor filósofo de la Antigüedad y ésta es sólo una propiedad contingente que Aristóteles podría no haber tenido de forma contrafáctica, resultaría que se llegaría al absurdo de que el mayor filósofo de la Antigüedad no habría sido filósofo. Aunque Kripke no acepta que una descripción dé el sentido de un nombre, defiende que sí puede utilizarse para fijar el referente, referente que conforma, además, su significado.

3.- Las teorías de la referencia directa dan cuatro argumentos contra las teorías del sentido.
a) El argumento modal, de Kripke, se basa en que los nombres son designadores rígidos: un nombre sigue refiriéndose a la misma persona aunque nos hallemos en situaciones contrafácticas en las que la supuesta propiedad que fijaría el sentido apunte a una referencia diferente. Aristóteles seguiría siendo Aristóteles aunque imaginemos, contrafácticamente, que no se hubiese dedicado a la filosofía.
b) El argumento epistemológico, también debido a Kripke, se fundamenta en que podemos averiguar que una descripción identificadora es falsa sin que cambie la referencia del nombre. Aristóteles seguiría siendo Aristóteles aunque descubramos que no se dedicó a la filosofía.
c) El argumento de disponibilidad parte de que, algunas veces, se utilizan nombres propios a pesar de no disponer de descripciones identificadoras del referente, sin que esto impida que el nombre apunte a su referencia. El nombre Jonás apunta a ese profeta a pesar de que no conocemos ninguna característica reconocida como verdadera que lo identifique frente a otros profetas.
d) El argumento semántico consiste en que el referente de un nombre seguirá siendo el mismo aunque la descripción apunte realmente a otra persona; esto puede entenderse distinguiendo el uso referencial del uso atributivo: en el uso referencial la identificación de la referencia se logra aunque la atribución de la descripción sea falsa del referente. El hombre que bebe champán seguiría siendo el mismo aunque resultase que no está bebiendo champán.

Se puede desarrollar la clasificación de los designadores con las categorías siguientes. Los designadores pueden ser accidentales, si se corresponden con una descripción contingente, o rígidos, si se trata de un nombre propio o de una descripción que apunta a una propiedad necesaria. Los rígidos pueden ser fuertes, si existen en cualquier mundo posible, o débiles, si pueden no existir. Los débiles pueden ser persistentes, si su referencia es el vacío cuando no existe el objeto, u obstinados, si su referencia sigue siendo el objeto aunque no exista.

Este ataque externista (realista) de las teorías de la referencia a las teorías del sentido representa, desde mi punto de vista, un retroceso teórico.

Un cordial saludo,
Luis Ledo.

El internismo de Locke, una concepción interesante.

La tesis de Locke puede basarse en el argumento de que sólo tenemos vivencias y de que los datos de la realidad externa son inferencias más o menos arriesgadas. Una proposición empírica es una forma de hablar de vivencias, que es lo único que conocemos. El ejemplo del bastón del ciego (de Descartes) que representa lo indirecto que es el conocimiento de la realidad a través de los sentidos es un buen ejemplo. No tenemos así acceso a la realidad objetiva, sino que sólo la inferimos. Es el rechazo del realismo ingenuo lo que lleva a descartar el externismo semántico.

Como para Locke el significado de una palabra debe ser algo cognoscible por el sujeto y como tanto la realidad objetiva como el significado de otro sujeto no son cognoscibles, no pueden ser dicho significado. El significado es sólo el mental y las palabras están así por las ideas en la mente del sujeto. Pero esto es sólo el significado directo, de palabra a idea, dado que Locke admite, de forma indirecta, que las palabras pueden significar cosas externas.
El que la verdad de una proposición dependa de la realidad objetiva y no de vivencias subjetivas no impide que Locke insista en que esto es algo secundario al significado primario de las palabras, las ideas.
Locke distingue las esencias nominales de las esencias reales, estando éstas últimas en la base del error de la intuición externista realista. No acepta que la esencia real sea la causa de la esencia nominal, la idea, como acepta que algo rojo cause la idea de rojo en condiciones normales, porque la relación no es tan diáfana como en este caso sencillo. Para Locke no existen clasificaciones dadas en el mundo, sino sólo clasificaciones convencionales, arbitrarias, determinadas por nuestras concepciones.

El internismo semántico lleva a Locke al antirrealismo. Así, Locke es nominalista ya que, para él, no existen universales o géneros desde un punto de vista objetivo. Un representacionalista es, de alguna forma, un realista ya que se basa en que la verdad de una proposición depende de un estado de cosas objetivo. El significado es internista, pero la verdad es externista y se basa en una relación nómica causal entre realidad y vivencia. Este externismo resulta incoherente para la concepción internista de Locke ya que todo debería depender sólo de las vivencias. Una solución sería el fenomenismo.

Podemos ver todas estas ideas en palabras del propio Locke. Así, este autor parte del carácter interno del significado de las palabras: «Es necesario que el hombre, además de articular sonidos, sea capaz de usar estos sonidos como signos de sus concepciones internas...». Y llega al convencionalismo que esto genera: «Es evidente que lo general y universal no pertenece a la existencia real de las cosas sino que son invenciones y criaturas del entendimiento, hechas por él para su propio uso y con referencia solo a signos, sean palabras o ideas».
Locke no discute la existencia real: «A esto, aunque sea la esencia que conocemos de las sustancias naturales, lo llamo esencia nominal, para distinguirla de la constitución real de las sustancias, de la que depende esta esencia nominal y todas las propiedades de la clase; [...]». Pero la imposibilidad de que la alcance el conocimiento, lleva a que resulte inútil: «No podemos clasificar cosas, y en consecuencia denominarlas, por su esencial real, porque no la conocemos». La conclusión vuelve a ser la del convencionalismo: «Las distintas especies no son sino ideas complejas distintas a las que aplicamos nombres distintos...».

El mentalismo y el subjetivismo son consecuencias de su planteamiento: «[...] lo que ahora hemos de considerar es cómo y por quién se forman estas esencias. Respecto a esto último es evidente que se forman por la mente y no por la naturaleza; pues si fueran obra de la naturaleza no serían tan variadas y diferentes en los distintos hombres como la experiencia nos dice que son».
Y esto lleva a que el carácter subjetivo del significado sea subrayado nuevamente por Locke:

«Siendo el principal fin del lenguaje, en la comunicación que los hombres hacen de sus pensamientos, el ser comprendido, las palabras no sirven bien para este fin cuando no excitan en el oyente la misma idea que representan en la mente del que habla. Ahora bien, puesto que los sonidos carecen de conexión natural con nuestras ideas, pues tienen toda su significación por imposición arbitraria de los hombres, lo que hay de dudoso e incierto en su significación, que es la imperfección de que nos ocupamos aquí, tiene su causa más en las ideas que representan que en cualquier incapacidad que exista en los sonidos para significar alguna idea, pues en ese respecto son todas igualmente perfectas».

Un cordial saludo,
Luis Ledo.

jueves 15 de noviembre de 2007

Argumentos contra el realismo directo

Hola a todos/as,

Existen argumentos que defienden que lo que se percibe de forma directa no es el objeto exterior sino un dato de los sentidos o representación subjetiva.

1.- El argumento causal
Dado que existe una cadena causal larga y compleja entre el objeto físico o el suceso y el sujeto que percibe, este objeto físico o este suceso no pueden ser los objetos inmediatos de la percepción.

2.- El argumento del intervalo de tiempo
Siempre existe un intervalo de tiempo entre la reflexión o emisión de luz desde el objeto físico hasta que ésta alcanza nuestros ojos. Si la estrella lejana que estamos viendo ya no existe, ¿cómo vamos a estar viéndola de forma directa, no mediada?

3.- El argumento del carácter parcial de la percepción Si percibiésemos directamente un objeto físico, percibiríamos todas sus partes a la vez. Pero esto no ocurre y, por lo tanto, debe existir un intermediario representacional.

4.- El argumento de la relatividad de la percepción
Un objeto físico se ve distinto según la perspectiva desde la que se lo mira. Un objeto circular parece elíptico visto desde un ángulo. Por lo tanto debe existir un objeto representacional elíptico que es el que percibimos de forma directa.

5.- El argumento de la ilusión
Cuando vemos un palo en el agua torcido, el palo no está realmente torcido. Por lo tanto debe existir un intermediario representacional que sí está torcido y que es el que percibimos de forma directa.

6.- El argumento de la alucinación
Dado que no existen diferencias significativas entre los objetos que percibimos en una alucinación y en una percepción auténtica, no existen motivos para creer que en este último caso no estamos percibiendo el mismo objetivo representacional que en el caso de la alucinación.

7.- El argumento de la duda
Cuando percibimos un objeto físico, pueden existir dudas acerca de si el objeto es tal como lo vemos. Pero esto sólo se explica si existe un intermediario representacional que es tal como lo percibimos y del que no podemos tener estas dudas que sí se dan respecto al objeto físico.

8.- El argumento de la característica objetiva
Si el realismo directo fuese cierto, debería existir al menos una característica objetiva que percibiésemos de forma directa. Pero las características objetivas del objeto se perciben todas a través de características subjetivas. Así se percibe la forma, objetiva, a través del color, que es subjetivo.

Un cordial saludo,
Luis Ledo.

lunes 12 de noviembre de 2007

Comunicación con lenguajes privados

Un significado privado existe en la mente de una persona en un momento dado. Pero un significado público sólo se podría definir a partir del privado si pretende evitar la indefinición espaciotemporal de existencia. En caso contrario, dónde y cuándo existe son preguntas sin respuesta posible.

El problema consiste, pues, en explicar cómo es posible la comunicación con lenguajes privados ya que, por ejemplo, el espectro invertido de colores de Locke tiene el inconveniente de que convierte el lenguaje en un idiolecto privado.

Davidson destaca que la semántica del lenguaje es mucho menos social que la sintaxis y presenta una descripción de cómo es posible la comunicación a pesar de que no tengan que coincidir los significados de hablante y oyente:

«La comunicación no requiere, entonces, que el hablante y el oyente signifiquen la misma cosa con las mismas palabras; mas la convención requiere un ajuste por parte de al menos dos personas. Queda sin embargo otra forma de acuerdo que resulta necesaria: si la comunicación tiene éxito, el hablante y el oyente deben asignar el mismo significado a las palabras del hablante».

Sin embargo, esto parece demasiado exigente: nada puede asegurar que hablante y oyente les den el mismo significado a las palabras del hablante.

La solución de Locke para que sea posible la comunicación se centra en que lo importante es que utilicemos las palabras de forma congruente unos con otros.

Esta solución es desarrollada por Schlick. Para él, las oraciones observacionales son las que pueden compararse directamente con la experiencia sensorial del sujeto. Pero éstas son privadas tanto como el dolor y, para explicar la posibilidad de la comunicación, Schlick propone una tesis que resuelve el problema: recurre a la distinción entre contenido y estructura; no podemos saber si el contenido de las sensaciones es el mismo, pero sí vemos que su estructura en diferentes personas se corresponde ya que su expresión pública es similar. Sólo así tenemos un lenguaje común, aunque algunos pretendan descalificar esta solución llamándole solipsismo múltiple.

Dentro del enfoque de Schlick, la estructura es comunicable, pero para el contenido no hay seguridad. Así imaginemos dos personas que tengan las sensaciones de rojo y azul intercambiadas a pesar de que utilizan los mismos nombres sociales. Una puede decir «me gusta más el rojo que el azul» mientras que la otra puede decir «me gusta más el azul que el rojo». Y, sin embargo, ¡a las dos les gusta el mismo color percibido!

Un cordial saludo,
Luis Ledo.

domingo 11 de noviembre de 2007

Contra el reduccionismo fisicalista estrecho

Fodor defiende que, aún cuando la conducta puede clasificarse en función de estímulos y respuestas, esto no elimina el que su causa resida en los estados internos, siendo el objetivo de la psicología cognitiva el describir la etiología de la conducta desde el punto de vista de transformaciones de la información. Fodor reconoce que no todo funciona cognoscitivamente como la percepción o las decisiones irracionales. Pero esto no puede servir de excusa para descartar el fundamento del significado del lenguaje: su carácter mental.

No se pueden obviar ni la mente ni los conceptos intensionales ya que son el núcleo del significado: pretender analizar el significado sin tenerlos en cuenta sólo lleva a negar el propio objeto de estudio.

Otro tipo de reduccionismo es el fisiológico que rechaza Fodor: aún cuando los hechos psicológicos sean hechos fisiológicos, esto no implica que sean reducibles a ellos. El que todo sea física no implica que todo se pueda reducir a física para Fodor: la diferencia reside en que una cosa es que un hecho psicológico concreto se pueda reducir a un hecho físico concreto y otra que una clase natural de hechos psicológicos determinada corresponda con una clase natural de hechos físicos. Otra manera de verlo consiste en que las leyes psicológicas tienen excepciones mientras que las leyes físicas y las leyes puente, que sirven para pasar de las leyes físicas a las psicológicas, no las tienen o, más bien, no las pueden tener por definición, para Fodor.

El enfoque personal respecto a este tema es el siguiente:

a) Se rechaza cualquier tipo de dualismo entre mente y cerebro.

b) La consciencia es una propiedad primitiva de la realidad física no reductible a otras variables físicas (o fisiológicas) como estados eléctricos (o neuronales) del cerebro. No se puede reducir la realidad mental a otras variables físicas porque pertenecen a distintas categorías: una sensación de dolor o de ver algo amarillo es fundamentalmente mental frente a una descripción de sinapsis neuronales, cuya carga mental es nula.

c) El mentalismo es la expresión del fisicismo para sucesos de consciencia y no su negación. Además, las variables físicas no mentales sólo describen la apariencia de la realidad, el fenómeno, mientras que lo mental es una entidad que pertenece al noúmeno kantiano y al que tenemos un acceso privilegiado en primera persona.
En este sentido, lo mental es más real que lo no mental ya que se trata de una cosa en sí frente a la mera apariencia que es lo que describe lo físico.

Un cordial saludo,
Luis Ledo.